viernes, 26 de julio de 2013

Salmo 49. Nadie tiene para comprar el precio de su vida, ni a Dios puede, con plata, sobornarlo, pues es muy caro el precio de la vida!





Oigan esto, pueblos todos, habitantes del mundo entero, escuchen:
gente del pueblo y gente de apellido, ricos y pobres, todos en conjunto.
Mi boca va a decir sabiduría y lo que pienso sobre cosas hondas;
dejen que me concentre en un refrán, lo explicaré luego al son del arpa.
¿Por qué temer en días de desgracia, cuando me cercan el mal y la traición
de los que en su fortuna se confían y hacen prevalecer su gran riqueza?
Mas, comprada su vida nadie tiene, ni a Dios puede, con plata, sobornarlo,
pues es muy caro el precio de la vida.
¿Vivir piensa por siempre, o cree que no irá a la fosa un día?
Pues bien, verá que los sabios se mueren, que igual perecen el necio y el estúpido, y dejan para otros su riqueza.
Sus tumbas son sus casas para siempre, por siglos y siglos, sus moradas, por más que su nombre a sus tierras hayan puesto.
El hombre en los honores no comprende, es igual que el ganado que se mata.
Hacia allá van los que en sí confían, ese será el fin de los que les gusta escucharse.
Abajo, cual rebaño la muerte los reúne, los pastorea y les impone su ley. Son como un espectro desvaído que a la mañana vuelve a su casa abajo.
Pero a mí Dios me rescatará, y me sacará de las garras de la muerte.
No temas cuando el hombre se enriquece, cuando aumenta la fama de su casa.
Nada podrá llevar él a su muerte, ni su riqueza podrá bajar con él.
Su alma, que siempre en vida bendecía: "Te alaban, porque te has tratado bien", irá a unirse con la raza de sus padres, que jamás volverán a ver la luz.
El hombre en los honores no comprende, es igual que el ganado que se mata.









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