viernes, 9 de agosto de 2013

Salmo 17. Escucha mi grito, Señor, atiende a mis clamores, presta atención a mi plegaria pues no hay engaño en mis labios.



















Escucha mi grito, Señor, atiende a mis clamores, presta atención a mi plegaria pues no hay engaño en mis labios.
Dicta tú mi sentencia pues tus ojos ven lo que es recto.
Puedes escudriñar mi corazón o visitarme de noche, o probarme en el crisol, no hallarás crimen en mí:
No he pecado en palabras, como pecan los hombres; he guardado las palabras de tus labios, y seguido las sendas del Soberano.
Afirma mis pasos en tus caminos para que no tropiecen mis pies.
A ti te llamo, oh Dios, esperando tu respuesta; inclina a mí tu oído y escucha mi ruego.
Renueva tus bondades, tú que salvas del agresor a los que se refugian bajo tu diestra.
Guárdame como a la niña de tus ojos, escóndeme a la sombra de tus alas,
lejos de esos malvados que me acosan, de mis enemigos que quieren mi muerte.
Tienen el corazón taponado de grasa, y con arrogancia habla su boca.
Me vigilan y de un golpe me cercan; se fijan en mí para tirarme al suelo.
Son como un león ávido de presa, como un cachorro agazapado en su guarida.
Levántate, Señor, hazles frente, derríbalos, de un mandoble líbrame del violento.
Señor, que perezcan por tu mano, acaba con ellos, no los dejes vivir. Llénales el vientre de lo que les reservas, que sus hijos también queden saciados y que dejen las sobras a sus nietos.
Y yo, como justo, contemplaré tu rostro, y al despertar, me saciaré de tu semblante.



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